miércoles, 13 de febrero de 2013

La irritante prepotencia del estado




Algunas normas de conducta vial, (uso de vehículos), amenazan atrofiar el instinto de conservación que nos protege.

Días pasados fue entrevistado en la televisión un inspector de tránsito de la ciudad de Montevideo (Uruguay).

Aunque este funcionario hacía hincapié en la mala educación, la agresividad y la tendencia al desacato de los conductores que él tiene por función supervisar, me pareció entender algo diferente que ahora comparto con usted.

El inspector decía que a los automovilistas les cae muy mal la obligación de usar cinturón de seguridad y que se ponen de pésimo humor cuando el estado los sanciona económicamente por no usarlo.

Lo mismo ocurre con los motociclistas cuando son interceptados y obligados a usar un casco protector del cráneo.

Parece razonable que las autoridades del estado velen por la seguridad de los ciudadanos, haciendo carreteras seguras, anchas, bien pavimentadas, con buena visibilidad, con señales de tránsito inteligentes, oportunas y de fácil comprensión.

Parece razonable que las autoridades del estado velen por la idoneidad de los conductores, en tanto su manejo no se constituya en un riesgo para la integridad física de los otros usuarios de las vías de tránsito.

Parece razonable que las autoridades del estado velen por el buen estado de mantenimiento de los vehículos que circulan por la red nacional de carreteras, calles y caminos, para que esas herramientas de trabajo o de paseo no se conviertan en armas destructivas de vidas o bienes ajenos.

Lo que no parece razonable es que las autoridades del estado nos ataquen intentando remplazar el instinto de conservación de los ciudadanos, porque cuando lo hace, (obligándolos a usar cinturón y casco), no solamente invade la propiedad privada número uno, que es el propio cuerpo, sino que amenaza atrofiar al instinto encargado de conservar al individuo y a la especie.

(Este es el Artículo Nº 1.808)

martes, 12 de febrero de 2013

Los preguntones están de duelo



 
Que Internet pueda respondernos miles de preguntas nos quita un pretexto para vincularnos haciendo preguntas o pidiendo opiniones.

En los últimos 10 ó 20 años surgió un inconveniente invisible pero efectivo.

Los seres humanos somos animales gregarios porque vivimos en colectividades y el joven que se encierra en su dormitorio para que nadie lo moleste, solo está tratando de provocarse angustia de soledad para después volver con renovados bríos a juntarse con los amigos y familiares.

Las reconciliaciones son agradables porque el estado anterior, de soledad conflictiva, sirvió para acumular deseos de reencuentro.

El fenómeno se parece al hambre gracias al cual cualquier comida parece sabrosa, o al cansancio con el que cualquier superficie horizontal nos parece un colchón cinco estrellas.

Por lo tanto, el conocido tema de la Gestalt (1) sigue funcionando, es decir, percibimos por contrastes del tipo blanco sobre negro, caliente sobre frío, agresivo contra pacífico.

Además estos contrastes nos aportan la optimista sensación de que estamos vivos, pues si no tuviéramos malestares y placeres confrontándose no tendríamos señales de vida propia.

Esos deseos gregarios suelen ser tramitados mediante el antiguo y ameno juego de las preguntas, de las consultas, de la curiosidad que reclama satisfacción, de la duda mortificante que pide el auxilio salvador de quien sabe mucho.

Durante milenios estuvimos utilizando este recurso como pretexto para acercarnos a otras personas.

Todos conocemos gente que cuando tiene algún problema hace consultas con muchas personas aunque sin decirle a cada uno que están consultando a varios, para que cada uno imagine tener el honor de haber sido elegido como idóneo en algún tema o con criterio valorado por el «amigable consultante».

Desde que existe Internet este pretexto está cayendo en desuso, y desde que existe Wikipedia la situación está agravándose. El pretexto de la consulta está perdiendo vigencia.

(1) Artículo en Wikipedia sobre la Teoría de la Gestalt
 
(Este es el Artículo Nº 1.807)

lunes, 11 de febrero de 2013

El psicoanálisis es un niño travieso



 
El Psicoanálisis es revolucionario o simplemente un incordio, un niño travieso que desea llamar la atención para después comunicar sus novedosas opiniones.

En 1909 la Clark University, de Worcester, Massachusetts, Estados Unidos, celebró el 20º aniversario de su fundación, y su presidente, G. Stanley Hall, invitó a Freud y a Carl G. Jung a participar de esa celebración, donde se les conferiría el título de miembros honorarios.

Según confesó Freud, este fue el primer reconocimiento notorio que recibió el psicoanálisis.

En agradecimiento a este honor, el inventor del psicoanálisis les ofreció cinco conferencias improvisadas y escasamente meditadas, en idioma alemán.

Es fácil imaginar la cara de aburrimiento de los sacrificados asistentes.

El sentido de oportunidad de Freud quedó demostrado con esta actitud tan poco favorable para sus objetivos. En otras palabras, me animo a pensar que Freud quería y a la vez no quería que sus ideas fueran aceptadas.

Recién cuando volvió a su casa en Viena (Austria), decidió escribirlas y alguien se encargó de traducirlas a los diferentes idiomas.

Quienes tengan interés en saber qué es el Psicoanálisis pueden leerlas (1) en su lengua preferida. Valen la pena.

Según parece, cuando Freud y Jung estaban llegando a Nueva York para participar en estos eventos de la Clark University, Freud habría expresado: “Se sorprenderán cuando sepan lo que tenemos que decir”.

Cuando Jacques Lacan comentó este comentario de Freud, lo modificó para transformarlo en: «No saben que les traemos la peste».

En otras palabras, Jacques Lacan transformó un comentario intrascendente en una consigna malévola, como si el psicoanálisis tuviera intención de provocar, irritar, molestar.

Pues bien, me parece que sí: el psicoanálisis tiene la intención de molestar.

El Psicoanálisis es revolucionario o simplemente un incordio, un niño travieso que desea llamar la atención para después comunicar sus novedosas opiniones.

 
(Este es el Artículo Nº 1.806)

domingo, 10 de febrero de 2013

Una pregunta sin respuesta




Mujer de 50 años, Mariana era una paciente que siempre me llamó la atención porque después de atenderla tenía que recostarme en el diván y dormir el tiempo de la sesión siguiente. Tan agotado me dejaba.

La suma de sus dichos y algunos silencios, era muy estresante.

Su aspecto físico carecía de señas particulares.

Cierta vez me llamó para avisarme que no podría concurrir a la sesión. Estos cambios de planes suelen ocurrir.

Quince minutos después volvió a llamar para decirme que podría concurrir si yo le permitía beber algo de vodka que ella traería.

Nunca me habían planteado algo así pero inmediatamente me pareció razonable en tanto muchos pacientes andan toda la vida bajo los efectos del alcohol u otros fármacos espirituosos.

Llegó como siempre y demoró en hablar. Abrió una petaca muy femenina pero se la empinó con aire masculino. Luego dijo:

— Esta mañana estuve mirando la calle desde la ventana y pensé en matarme.

Luego de un rato bebió un segundo trago y dijo:

— Quiero tener sexo con Emilio y no sé cómo planteárselo. Es muchos años menor que yo —, y recobró el silencio, luego agregó: — Anoche no pude dormir por la idea, hoy casi me tiro por la ventana, no pensaba venir a su sesión y estoy tomando alcohol, algo que nunca hago.

Nuevamente empecé a sentirme desproporcionadamente cansado, con mucho sueño. Ella continuó:

— Estuve mirando fotos de Emilio y mi cuerpo siente cosas en la pelvis. Ayer me asusté ante este deseo, pero seguí mirando fotos. Para ver si me dormía, me masturbé pero aún así me desvelé.

Tomó otro trago, me miró y me asusté disimuladamente. Preguntó:

— Si tengo fantasías incestuosas, ¿es porque estoy muy grave?

— Muchas personas las tienen, pero no lo comentan. No es grave.

Levantando la cabeza con aire desafiante, agregó:

— Emilio es mi hijo mayor. Lo deseo y creo que no podré evitar seducirlo. Me parece que él ya se dio cuenta, pero si no se dio cuenta se lo haré ver con los hechos. ¿Estoy grave?

Esto tampoco lo había visto, ni en el consultorio, ni en los congresos, ni en los libros. Creo que no pude disimular el miedo que me había quitado el sueño. Le dije:

— Usted me está pidiendo autorización y no soy quién para dársela.

Sigo sin saber qué debería haberle respondido.

Ella no continuó con el tratamiento. ¡Qué alivio!

(Este es el Artículo Nº 1.805)

sábado, 9 de febrero de 2013

El placer y el dolor de vivir




Los interminables pasajes de la alegría a la tristeza o del placer al dolor son causados por un inevitable funcionamiento corporal.

Parece que en su origen, (etimología), el verbo «penetrar» deriva de entrar, llegar hasta el fondo.  Algunos piensan que la palabra «penetración» es la fusión de dos acciones: pene + tracción, es decir, entrar hasta el fondo y luego salir.

Reconocemos acá una clara referencia al acto de fornicar que consiste precisamente en hacer que el pene entre y salga reiteradas veces de la vagina.

Mediante esta acción mecánica, el pene recibe de las paredes vaginales los estímulos adecuados para que se produzcan en el varón los espasmos pélvicos que den lugar a la eyaculación de semen, (¿imagen?), que eventualmente dará lugar a la gestación de un nuevo ser humano en el cuerpo de la mujer receptora.

Según nuestra mente, inteligencia, psiquis, los esquemas de funcionamiento se repiten de varias formas, con las transformaciones adaptativas necesarias.

Aclaro esto:

Así como la función que permite la fecundación se logra mediante un movimiento mecánico de entrar y salir, otras funciones humanas también dependen de dos acciones opuestas.

Veamos estos fenómenos:

Adentro y afuera, (coito), placer y dolor, comer y evacuar, dinamismo y apatía, felicidad y tristeza, sístole y diástole, (latidos del corazón), y otros.

Estas acciones que se nos presentan en oposición binaria, (porque son dos acciones asociadas), fueron copiadas por la informática. Efectivamente, toda la informática se basa en estas dos acciones, traducidas en «prendido y apagado», las que en lenguaje de programación se representan por el número uno y por el número cero, respectivamente.

El motivo de este artículo es comentar que nuestros interminables pasajes de la alegría a la tristeza, del placer al dolor, no son otra cosa que un inevitable funcionamiento corporal, sin el cual no podríamos vivir.