miércoles, 20 de marzo de 2013

Los avaros evitan la inflación


Cuando los avaros no gastan el dinero contribuyen para que el valor del dinero aumente y la inflación baje.

Los amarretes, avaros, miserables, tacaños, mezquinos, miserables, roñosos, agarrados, usureros, son personas mal vistas por la sociedad, pero que algo de bueno tienen.

El primer motivo que justifica esta afirmación es muy elemental: como nada de lo humano es perfecto, nadie puede ser perfectamente malo. Por lo tanto, si estos personajes parecen detestables, algo de bueno deberían tener simplemente porque no pueden ser «perfectamente detestables».

Pero existe un motivo menos visible y más práctico de por qué son personas que generan un leve beneficio al resto de la población.

Pensemos de esta manera:

El dinero es una mercancía cuya principal característica es la de ser permutable por cualquier otra.

La abundancia de cualquier mercadería hace que esta disminuya su precio.

Cuando tenemos una buena cosecha de naranjas estas valen menos; cuando muchas personas se ofrecen para trabajar los salarios se deprimen; en Venezuela se pueden comprar cincuenta litros de nafta por un dólar mientras que en Uruguay un solo litro de ese combustible cuesta más de un dólar y medio. Lógicamente en Venezuela la abundancia de petróleo es enorme y Uruguay no tiene una sola gota de «oro negro».

Cuando el dinero abunda vale menos pues ocurre lo que todos conocemos por «inflación».

Si el dinero vale menos entonces el presupuesto de los hogares aumenta. Como los salarios aumentan lentamente, los trabajadores ven perder sistemáticamente el poder de compra de sus salarios.

Todos los gobiernos procuran evitar que el valor de su moneda baje y evitan por todos los medios que se produzca inflación.

Para evitar la desvalorización del dinero los gobiernos disminuyen la cantidad circulante, (provocan una escasez que aumente el valor), como hacen los avaros que no lo gastan.

(Este es el Artículo Nº 1.843)


martes, 19 de marzo de 2013

Cualquier pequeña ayuda nos alcanza




Tenemos muchas necesidades pero cualquier pequeña ayuda nos alcanza. No necesitamos a un ser superior, mágico y omnipotente (Dios).

Me declaro humanamente feliz, es decir, sin grandes pretensiones: a veces estoy contento y otras veces estoy triste, como todo el mundo. Me parece que no podemos pretender más que eso.

Para sentirme satisfecho no necesito ser romántico, ni creer en Dios, ni pensar bien de los integrantes de la especie. Por el contrario estoy convencido de que el amor es un sentimiento sublime porque nos gratifica orgánicamente, pero que es la sensación subjetiva de contar con alguien a quien necesitamos, es decir, que amar es imaginar que el ser amado nos dará lo que necesitemos, ... como hizo nuestra madre.

Estoy convencido de que Dios no existe sino que se trata de una fantasía necesaria para disminuir nuestra ansiedad, miedo, angustia, apelando a la esperanza y a la ilusión, es decir, apelando a formas de distorsionar la realidad, de mentirnos, de engañarnos como a niños.

Para acceder a mi modesta felicidad que me tiene conforme, tampoco quiero creer que los humanos somos una especie maravillosa, superior a las demás. Por el contrario creo que valemos lo mismo que cualquier otra y que, como nos necesitamos mutuamente de tan débiles y vulnerables que somos, nos amamos. Podemos amarnos a pesar de no ser tan excepcionales.

En otras palabras, no tenemos necesidad de imaginarnos maravillosos para poder amarnos. Se puede ser humanamente feliz sin engañarnos con sobrevaloraciones. El amor brinda felicidad, pero para sentirlo no es imprescindible imaginar que el o los seres amados, son seres superiores, maravillosos.

Nuestros seres amados pueden ser vulgares, comunes y corrientes, porque somos tan vulnerables que las ayudas que necesitamos no tienen por qué provenir de seres mágicos omnipotentes, (Dios), ni de seres humanos extraordinarios.

(Este es el Artículo Nº 1.842)

lunes, 18 de marzo de 2013

El cónyuge es nuestro nexo con la especie




Quizá nuestro ser amado es alguien que nos conecta con la humanidad, (la especie), y lo celamos por sentirlo imprescindible.

Se me acaba de ocurrir una idea tan genial que puede ser maravillosa o inútil, porque así son las genialidades: extremistas. Cualquiera de los dos polos podría venirles bien.

La idea genial, maravillosa e inútil que acabo de tener, dice así:

¿Por qué los humanos sentimos celos de nuestro ser amado y por qué insistimos con la monogamia?

Es probable que no podamos sentir nuestra participación en la especie si no es mediante la intermediación de otro.

Sentimos que podríamos ser humanos pero que en realidad somos algo más que humanos (imagínese un tono despreciativo).

Nuestro incómodo instinto gregario nos compele a tener que vincularnos con el resto de la especie pero para evitar contaminarnos utilizamos a otro, a quien amamos por hacernos ese servicio de nexo con la humanidad.

Claro que detrás de esta estrategia sentimos que el trabajo del intermediario es vital, más que importante, pues inconscientemente sabemos que no podríamos vivir realmente si no fuera conectándonos con los demás.

Nuestro ser amado-puente también es humano pero lo imaginamos perfecto, ideal, maravilloso, casi como nosotros. Si no tuviera esas características superiores, no podría vincularse con nosotros: tenemos que investirlo de tales atributos para que podamos vincularnos con él sin sentir asco.

Este ser excepcional pasa de ser necesario a ser imprescindible cuando nuestra psiquis lo erige como nexo con la especie.

Esa condición de imprescindible lo obliga a no tener un vínculo semejante con ninguna otra persona pues eso nos significaría perder parte del nexo que necesitamos. No soportaríamos compartir el puente con humanos desagradables.

El temor de perder el nexo, vínculo o puente de uso exclusivo con la especie es proporcional a la intensidad de los celos.

(Este es el Artículo Nº 1.841)

domingo, 17 de marzo de 2013

Mariana y Arlequín




Mariana amaba a su muñeca Mariana.

Se la había traído de Europa una distinguida señora para quien trabajaba la madre.

Aunque Mariana no tenía papá conocido como las demás niñas del colegio, sabía que para que su cuerpo tuviera una muñeca de verdad tenía que encontrar a un varón que la amara y besara tanto que se le hinchara la barriga de donde saldría una niña de verdad, igual a ella y a la muñeca Mariana.

Soñaba con ese hombre que vendría a amarla y a besarla hasta fecundarla.

En realidad solo pensaba en Arlequín, un muchacho algo tonto que se ganaba unas monedas haciendo reír a la gente parloteando razonamientos muy simples pero tan paradojales que solo un auténtico tonto podría crearlos.
Pero Mariana, —si bien estaba fascinada con la vestimenta de rombos multicolores de Arlequín, la voz estridente y la manera de bailar dando saltos a destiempo—,  soñaba con los ojos del muchacho. Más precisamente soñaba con su forma de mirar.
Para conciliar el sueño, ella se llevaba a la cama  a la muñeca Mariana que se convertiría en niña y a la mirada de Arlequín.

A pesar de sus nueve años estaba segura de que la mirada del tonto no era suya sino de alguna otra persona mucho más inteligente, que tenía que llevar esa vida de incógnito porque prefería que nadie reconociera su verdadera identidad.

Todas las noches se inventaba una historia distinta que al final terminaba explicando por qué Arlequín era alguien muy inteligente que estaba cumpliendo una misión ultra secreta.

Ese sujeto misterioso sería el padre de su niña hermosa como la muñeca Mariana. Ese varón extraño tenía una forma de mirar que le aseguraba la capacidad de amarla y besarla hasta gestarle a la niña soñada.

Cuando Mariana recibió su primera menstruación, corrió a contarle a la madre y esta solo atinó a decirle que tuviera mucho cuidado con los hombres porque de ahora en adelante alguno podía embarazarla.

La información no cayó en la fantasía de Mariana como atemorizante pues, de ahí en más, organizó su vida para quedar a solas con Arlequín.

El muchacho tonto, de mirada tierna, fue fácilmente seducido por la niña-mujer y, sin quitarse el disfraz de agente multicolor y ultra secreto, hizo el amor con Mariana mirándola con profundo amor, besándola incansablemente, y también penetrándola.

Pero nada de lo soñado ocurrió y Mariana guardó su muñeca Mariana en una caja de cartón que, en alguna de las tantas mudanzas de su madre, se extravió.

(Este es el Artículo Nº 1.840)

sábado, 16 de marzo de 2013

La parábola del hijo pródigo y muerto



 
En la Parábola del Hijo Pródigo el padre festejó al sentirse liberado de la culpa por homicidio (filicidio).

En el Nuevo Testamento, San Lucas nos relata una breve historia que contó Cristo para explicar su filosofía sobre qué está bien y qué está mal, según él.

Dicho relato está en el Capítulo 15 y ocupa los versículos que van desde el número 11 al 33 (1).

La historia cuenta que el menor de los dos hijos de un labriego le pidió al padre la mitad de sus bienes que le correspondía según las leyes de la época.

El jovencito se fue, se gastó todo el dinero y volvió con el padre, para pedirle perdón y para reintegrarse a la familia.

Cuando el padre lo vio llegar se alegró tanto que organizó una costosa fiesta, ante lo cual el hermano mayor se ofendió porque consideraba injusto este agasajo a quien los había abandonado y había malgastado parte de la fortuna familiar.

Según creo, los actuales lectores de esta parábola, (del hijo pródigo), nos indignamos junto con el hijo y no logramos entender al padre tan tolerante e injusto con su hijo mayor.

Aparentemente el padre reaccionó de forma tan eufórica porque había dado por muerto al hijo que los abandonó.

Como estoy en contra de casi toda la filosofía cristiana porque considero que es un factor decisivo en la pobreza mundial, tengo una interpretación alineada con esta postura, de tal forma que prudente será no darle mayor importancia (a mi interpretación).

Según el psicoanálisis, la conducta del padre puede entendrse suponiendo que este se enfureció de tal manera que íntimamente deseo matarlo. Lo imaginó de modo tan vivencial que cuando apareció se sorprendió de que aún siguiera vivo.

El padre festejó al sentirse liberado de la culpa por homicidio (filicidio).

 
(Este es el Artículo Nº 1.839)