viernes, 19 de noviembre de 2010

Traicionar el deseo merece un castigo

El verbo del latín reprimere significó en su origen el acto de moderar sentimientos antisociales, como la cólera.

Es decir, que en su origen, refería a un acto voluntario, autoimpuesto.

Sin embargo, el verbo reprimir (derivado del mencionado), en el siglo 19 pasó a significar una acción ejercida desde afuera de cada individuo, que suele incluir algún castigo por las transgresiones.

La acción de reprimir se caracteriza además, porque se ejerce sobre cosas o personas, que reaccionan resistiendo e intentando una acción opositora.

Por ejemplo, una represa hidroeléctrica, reprime la circulación natural del agua de un río. El agua reprimida (contenida por la represa), cuando intenta liberarse, mueve las turbinas que generan electricidad.

Otro ejemplo: un niño tiene prohibido satisfacer sus deseos incestuosos y como reacción, primero vuelve inconsciente ese deseo y luego trata de canalizarlo enamorándose (más adelante) de una persona que representa al amante prohibido.

En este último caso, cuando la represión nos lleva a volver inconsciente ese deseo, también está presente el castigo, no por haber hecho algo (ya que no pudimos, no nos dejaron, nos prohibieron), sino por no haberlo hecho, esto es, por haber frustrado a nuestro amado deseo.

¿Y cómo ocurre este auto castigo por no haber satisfecho nuestro deseo?

— La forma más benigna y deseable de reaccionar frente a la frustración (deseo reprimido), consiste en soñar escenas extrañas, pero en las que con un estilo muy surrealista, satisfacemos el deseo reprimido (por ejemplo, soñar con una montaña rusa puede equivaler a una relación sexual dadas las subidas y bajadas);

— Los actos fallidos (lapsus) representan escapes de aquellos deseos injustamente encarcelados (no encuentro las llaves y es porque no me quiero ir);

— un síntoma (asma, urticaria, infarto) también nos castiga con mayor agresividad, causándonos un sufrimiento que penaliza nuestra represión del deseo.

Artículo vinculado:

Cadena perpetua

Nota: La imagen corresponde al óleo de Salvador Dalí titulado Sueño, creado en 1937.

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jueves, 18 de noviembre de 2010

Cadena perpetua

Les comento cuál es una de mis intenciones más secretas, pero que no tiene ningún misterio.

Hay cosas que yo creo saber de mí porque tengo un inconsciente bastante ventilado por haber estado unos cuantos años en análisis.

Algunos de sus contenidos, los comento con ustedes.

El resultado primario es de rechazo.

Mis lectores suelen pensar que eso que digo está equivocado, pero sin embargo, en cada uno queda la idea de que existe un semejante (yo, Fernando Mieres) que dijo, escribió, comentó, algo que quizá no sea el único que lo piensa, siente o sabe.

Es más, quizá se diga: «yo mismo puedo tener esas ideas sobre el incesto, el abandono de los hijos, que soy animal, que soy más egoísta de lo que siempre creí, que el amor depende de la utilidad que me preste el ser amado, etc., etc.».

La cosa es así: a lo largo de nuestra vida aparecen situaciones conflictivas, molestas, dolorosas, que tratamos de evitar, resolver, acomodarlas de alguna manera en nuestra vida para que dejen de incomodarnos.

Algunas de ellas, las negamos. Por ejemplo, rechazamos la idea de que el universo siempre existió. Negamos esta posibilidad, «no nos cabe en la cabeza», podríamos decir apelando a una metáfora bastante elocuente.

Por lo tanto, a partir de esa negación radical, decimos muy confiados: «No hay efecto sin causa» o «Todo lo que existe, alguien lo creó (Dios)».

Algunas situaciones (deseos, intenciones) conflictivas, las reprimimos. Por ejemplo: «Jamás deseé ser el esposo de mi mamá» o «Respeto tanto el derecho de propiedad, que soy incapaz de robar».

Lo negado o reprimido nos pone paranoicos (por temor a que alguien lo descubra) y nos pone agresivos e intolerantes (para que no se nos escapen esos deseos que fueron juzgados, condenados y encarcelados a cadena perpetua).

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miércoles, 17 de noviembre de 2010

¡Felices pérdidas!

Imaginemos por un momento que somos inmortales.

Aunque en el fondo es lo que desearíamos porque nuestro instinto de conservación nos obliga a conservar la vida sea como sea, razonablemente podemos darnos cuenta que no habría forma de consolarnos, entretenernos, tener objetivos, metas, entusiasmo.

Todo podría quedar para después. Nos daría lo mismo ahora que luego.

Si logramos aceptar que la vida eterna es insoportable, podemos aceptar también que la vida plena, la calidad de vida y hasta la felicidad, dependen de una u otra forma, de la muerte, de saber que todo puede terminar en cualquier momento.

Esto también vale para el tiempo de vida del que disfrutamos.

En general tratamos de alejarnos de todo tipo de cambio, de la incertidumbre y del riesgo.

Procuramos que todo siga igual eternamente (en este caso, eternamente para los mortales significa «mientras estemos vivos»).

Si pudiéramos administrar nuestras vidas con objetividad y racionalidad, podríamos concluir que evitar la incertidumbre es una mala opción.

Cualquier situación que se nos presente como para toda la vida, sería (y lo es en los hechos) tan desmoralizante, aburridora, depresiva como la inmortalidad.

Un divorcio, el egreso de nuestros hijos hacia la constitución de sus respectivas familias, la culminación de una etapa laboral (jubilación), podrían vivirse con más satisfacción (o menos angustia) si pudiéramos comprender que esos eventos no hacen más que enriquecer, fertilizar, estimular nuestras vidas.

Los cambios son situaciones que nos tonifican pero que el instinto de conservación no quiere y por eso molestan tanto.

Es probable que cada vez que nos abocamos a elaborar un duelo debido a ese tipo de pérdidas, este trabajo sea menos pesado, largo y penoso si pudiéramos entender cuánto contribuyen a que nuestra vida sea más divertida, intensa, apasionante.

A esto, algunos le llaman asumir la castración.

Artículos vinculados:

El consumo de mitos analgésicos

Las pérdidas de la ganancia

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martes, 16 de noviembre de 2010

Nos comportamos como perros y gatos

En un artículo publicado este año (1), les comentaba textualmente:

«Alguien ha clasificado los pensamientos de una forma muy simple:

— Existen pensamientos que funcionan de adentro hacia afuera; y

— Existen pensamientos que funcionan de afuera hacia adentro. »

En otras palabras: algunas personas ven lo que quiere ver (de adentro hacia afuera) y otras se someten a la evidencia de lo que registran sus órganos sensoriales (vista, oído, etc.).

Quienes pretendemos aceptar las cosas como son, nos guste o no nos guste, intentamos cancelar el impulso placentero de «ver lo que queremos ver».

Creo que los humanos tenemos ciertas mascotas para disimular algunas características condenables de nuestra especie.

Tanto los gatos como los perros, son polígamos y el macho abandona a su cría.

Efectivamente, los machos humanos también somos polígamos y abandonamos a nuestros hijos, mientras que las hembras, cuando son fecundadas, se ven en dificultades para afrontar las nuevas responsabilidades que se le avecinan, para mantenerse ella con sus hijos.

Nuestras mascotas mamíferas (perros y gatos), se reproducen cuando la hembra convoca a cualquier macho que esté cerca (entran en celo), uno o varios copulan con ella y luego desaparecen o no, pero el hecho es que no establecen un vínculo con ella y las crías que fecundaron.

Así somos los humanos, aunque claro, las normas legales y culturales pretenden deformarnos.

El casamiento es una institución social que intenta atar al hombre a la mujer para que no la abandone, para que la ayude, la proteja, en vez de hacer lo que su instinto le impone, esto es, fornicar con cualquiera e irse a buscar otras.

En suma: tenemos mascotas como representantes de nuestros verdaderos instintos y simultáneamente pregonamos que «los humanos no somos animales», lo cual, pese a quien pese, es falso: somos animales.

(1) La obediencia debida

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lunes, 15 de noviembre de 2010

Cárceles grandes, confortables, autoconstruidas

Hace muchos años participé en una charla (1) en la que se hablaba sobre cómo mejorar la concentración y la velocidad en la lectura.

El expositor resultó muy convincente para mí, cuando comentó lo siguiente:

Si estamos conduciendo un vehículo a muy baja velocidad, podemos mirar el paisaje, hablar con los demás ocupantes, pensar en nuestros asuntos.

Por el contrario, si estamos conduciendo un vehículo a gran velocidad, tendremos prohibido pensar en otra cosa que no sea el manejo. Los acontecimientos se presentarán con poco tiempo para tomar decisiones, deberá aumentar la precisión de nuestros movimientos, nos exponemos a tener un accidente de consecuencias lamentables.

Este argumento fue utilizado por el expositor para hacernos comprender que la lectura lenta, nos distrae y es muy poco lo que captamos del contenido, mientras que si nos exigimos leer con rapidez, inevitablemente aguzaremos nuestra concentración y retendremos mejor lo que leemos.

Por lo tanto: leer (y conducir) rápido, mejora la concentración (aunque el sentido común cree lo contrario).

Este mismo sentido común es el que nos dice que debemos atrincherarnos tras todas las garantías posibles, para mejorar nuestra calidad de vida, evitarnos problemas y disminuir riesgos.

Como todos los extremos suelen ser malos, comentaré con usted algo referido a las consecuencias negativas de ser muy precavidos, de vivir rodeados de protecciones, de evitar todos los riesgos posibles.

El sistema inmunógeno mejora su desempeño si el individuo está en contacto frecuente con agentes patógenos que lo pongan a trabajar para evitar que nos colonicen (enfermen).

De manera similar, agregamos todas las seguridades posibles a nuestra casa para evitar que entren ladrones.

Ser robados es casi tan penoso como enfermarnos. Para evitarlo nos encerramos, logrando de este modo que los delincuentes gocen de una libertad que los honestos perdemos tras las rejas.


(1) Buena memoria para olvidar

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domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Qué desea una mujer?

Sofía era la hija de la hermana pobre de una familia numerosa.

Madre e hija concentraban la escasez de dinero, de salud y de afecto, que el resto de los familiares poseía en cantidad suficiente.

Ella sabía que era fea porque el espejo no la engañaba.

Una excesiva delgadez, la total ausencia de senos, el cabello reseco y la piel áspera, la postulaban para ocupar un penúltimo lugar en el reparto de atributos físicos.

Ambas vivían como podían, con una pequeña pensión que habían recibido del marido de la señora (y padre de Sofía) y con las dádivas familiares que no estaban en condiciones de rechazar.

Embaucada por un libro de autoayuda que se apoderó de ella en un momento de escasísimo discernimiento, pensó que Raúl podría corresponder a su infinito amor por él.

Por el contrario, el muchacho no pudo ser más grosero y le repitió todo lo que ella ya sabía de su apariencia, corregido y aumentado por un exceso de soberbia especialmente desconsiderado.

Raúl era amigo o novio de una prima de Sofía. No dejaban de mostrarse, como dos modelos de la mejor ropa, bailando juntos como si ensayaran y exhibiendo cada poco tiempo sus magníficas sonrisas que, nadie podía negarlo, fascinaban.

Sofía, quizá por un rasgo masoquista que completaba su triste descripción, los alentaba para que le hablaran de sus aventuras, de sus éxitos, de lo mucho que disfrutaban juntos.

Quiso la suerte que los poemas que Sofía escribía —atormentada por su penosa situación—, llegaran al gran público con un éxito editorial sorprendente, considerando que este género literario, no es popular.

Con 26 años, no pudo tolerar este brusco cambio favorable en su vida y se suicidó caminando hacia lo profundo del río.

Los derechos de autor multiplicaron los ingresos económicos de la madre.

La señora destinaba el dinero de las poesías, a comprar regalos para los familiares ricos, probablemente, hasta cancelar aquellas dádivas que no tuvo más remedio que aceptar.

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sábado, 13 de noviembre de 2010

Un terremoto no debe ir a la cárcel

Cuando alguien dice «Fulano me hace enojar», está desplazando el eje del asunto erróneamente.

Lo que realmente ocurre es que cierta acción realizada por Fulano, activa en mí algún mecanismo psicológico que incluye el enojo, la furia, la descompensación emocional.

Entonces, yo me enojo por razones personales a partir de ciertos estímulos que me llegan desde el exterior.

Estaremos de acuerdo en que:

— el polen no es responsable de mis estornudos;

— el chocolate no es responsable de mi sobrepeso;

— el terremoto no es responsable de que mi casa se haya derrumbado.

Sin embargo, entendemos que cuando la acción que identificamos como causa de nuestro infortunio, es realizada por un semejante, entonces esa persona es responsable y estamos en condiciones de afirmar que «Fulano es el culpable».

En estas circunstancias, los hechos están previamente organizados por los usos y costumbres:

— Un culpable debe ser juzgado para determinar la importancia de su culpa;

— Determinada la importancia de la culpa, habrá de determinarse la sanción (castigo) proporcional a la culpa;

— Se ejecutará el castigo;

— El damnificado (la víctima), no recibirá ninguna reparación tangible que lo indemnice de la pérdida sufrida, sino que recibirá el placer de ver que el culpable sufre igual que él;

— Como esta indemnización es groseramente tonta, se argumentará que esa venganza oficializada por las leyes, en realidad cumple el objetivo de educar al causante-culpable así como también, disuadir a otros de provocar un perjuicio similar.

Claro que, como toda acción groseramente tonta, no cumplirá su objetivo sino que será inútil, y —en el peor de los casos—, contraproducente.

En suma: es muy probable que el libre albedrío no exista, sino que las personas seamos parte de la naturaleza y que nuestras acciones (aunque nos disguste imaginarlo), estén en el mismo orden del polen, el chocolate o el terremoto.

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