jueves, 31 de marzo de 2011

La desocupación laboral y las fantasías inconscientes

El rechazo al trabajo remunerado puede estar provocado por el rechazo a un deseo sexual reprimido, socialmente vergonzoso, condenable.

Este artículo pertenece a la serie destinada a tratar algunas consecuencias sobre la asociación inconsciente entre leche materna, semen y dinero.

Efectivamente, algunos desocupados no pueden conseguir trabajo porque están bloqueados por fantasías inconscientes según las cuales, recibir dinero a cambio del esfuerzo laboral es casi lo mismo que recibir semen a cambio de usar el cuerpo para excitar al cliente o empleador hasta provocarle la fantaseada eyaculación salarial.

Preocupado por no enturbiar la exposición de un tema que de por sí es tan conmovedor como impopular, agrego que esas fantasías inconscientes no surgieron ni se conservan porque sí.

Recordemos que el dinero para los adultos es como la leche materna para el recién nacido porque con uno y otra logramos sobrevivir.

Recordemos que la asociación leche materna-semen tiene antecedentes que la justifican, como por ejemplo:

— la leche materna tiene un aspecto blanquecino muy similar al semen;
— ambos son fluidos humanos segregados por glándulas;
— ambos se obtienen mediante succión (de senos o pene);
— la entrega y obtención de ambos genera placer sexual;
— dar y recibir son acciones consentidas y en un contexto erótico (amoroso);
— popularmente a ambos se los denomina leche;
— popularmente se denomina mamar a la acción de obtener una y otro.

Esta lista parcial de semejanzas y goces vinculados a la leche materna y al semen, más la asociación ya mencionada de una y otro con el dinero, nos permite afirmar que aquellas personas que no logran ganar dinero por causa de las fantasías inconscientes, rechazan con fuerza estos deseos por considerarlos socialmente condenables.

En otras palabras: los afectados desean con gran fuerza lo que simultáneamente no pueden aceptar, practicar, reconocer. Ambas emociones opuestas, provocan el bloqueo (no trabajar).

Artículos vinculados:

Las fantasías sexuales y el dinero

El paradójico negocio de ayudar

Origen de la desocupación laboral

La propiedad privada y la esclavitud

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miércoles, 30 de marzo de 2011

El dinero es metáfora o símbolo del semen humano

Si bien ya dije (1) que el dinero representa inconscientemente a la leche materna (metáfora), ahora propongo otro razonamiento para fundamentar que el dinero también representa al semen.

En otro artículo (1) digo textualmente:

«… nuestra mente también puede pensar (asociar inconscientemente) que el dinero es como la leche materna que nos aportó nada menos que el placer de calmarnos el hambre. »

Tomemos en cuenta otro dato conocido por todos. Vulgarmente se le dice leche al semen que eyaculamos los varones.

Alguien diría que eso ocurre porque también es blanquecino como la leche materna, pero no me parece que sea el único motivo.

Como he mencionado recientemente (2), el deseo surge en los seres humanos cuando a los pocos meses de vida, perdemos los fascinantes, completos, perfectos e inmejorables suministros que nos provee nuestra madre (alimento de sus glándulas mamarias, higiene, caricias, comprensión, abrigo).

Los deseos se satisfacen con objetos o situaciones (sustitutivas, reemplazantes, representantes) que son metáforas de los originales (alimento, abrigo, etc.).

Estos objetos o situaciones sustitutivas (metafóricos) pueden ser, por ejemplo: viajes a otras culturas, conciertos, vestidos, música, alimentos, joyas y un interminable etcétera.

Es muy probable que además del color blanquecino del semen, también éste sea una buena metáfora de la leche materna, cuya producción se interrumpe a los pocos meses del nacimiento.

Podemos pensar entonces que el placer que sienten quienes practican la felación (chupar el pene, excitarlo con la boca, mamar), es producido porque evocan inconscientemente el goce de la lactancia.

Los testículo funcionan durante muchos años y eso permite —a quienes gozan con la felación—, disponer de glándulas (metafóricamente) mamarias por más tiempo.

En tanto sea aceptado que el dinero es metáfora de la leche, es legítimo utilizar la semejanza propuesta para decir que el dinero también es metáfora del semen.

(1) El dinero es metáfora o símbolo de la leche materna

(2) Mamá es insustituible

Problemas económicos y/o sexuales

La insatisfacción vitalicia

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martes, 29 de marzo de 2011

La felación lactante

La estimulación oral del pene (felación) es gozosa para quienes de esa forma evocan los placeres de su propia lactancia.

Como he comentado en otros artículos (1), nos sentimos ricos durante los primeros meses de vida pero luego perdimos ese estatus y no paramos de añorarlo (extrañarlo, desearlo).

Este es exactamente el origen de nuestro deseo.

La precaria constitución de nuestro cerebro nos llevó a pensar que nuestra riqueza era mamá. Más precisamente, los senos alimenticios de mamá.

Observemos que mediante un simple tilde, diferenciamos a la persona «mamá» de aquello que realmente nos importó que fueron sus «mamas» (senos, tetas).

Estos hechos son simples pero están en el origen de fenómenos que parecen complejos porque el lenguaje es tan ineficiente que tenemos que utilizar muchas palabras para poder decir algo tan simple como que

— «fuimos realmente felices mientras fuimos lactantes», o que
— «nos sentimos arruinados cuando aquellos senos dejaron de producir leche», o que
— «perdimos la felicidad cuando empezamos a comer otros alimentos».

También he mencionado en otro artículo (2) que en última instancia «heterosexual es cualquiera que desee a las mujeres» (J. Lacan).

Observemos que la felación (chupar el pene) es un placer muy difundido entre las mujeres, sin embargo el diccionario de la Real Academia la define como «estimulación bucal del pene».

El punto de vista de esta Academia es masculino porque si bien es cierto que a los varones nos gusta esa práctica (si es realizada con pericia, porque la estimulación dolorosa molesta), diría que son ellas las que más lo prefieren porque el pene recuerda al seno materno cuando aún segregaba leche (al líquido seminal se le dice popularmente leche).

En suma: la mujer, cuando practica la felación, goza en tanto ese pene que segregará semen, imita al seno materno que la alimentó.

(1) La insatisfacción vitalicia

La vida es placentera gracias a la placenta


(2) Sabemos mucho de gays y poco de lesbianas

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lunes, 28 de marzo de 2011

La homosexualidad se disfraza de heterosexualidad

Si el «mejor amigo» de alguien es amante del cónyuge, entonces desea homosexualmente a su «mejor amigo».

Considerar los residuos inconscientes de la primera infancia, en la que nuestro cerebro nos mostraba la realidad como un todo fusionado (1), permite construir una cantidad de conjeturas capaces de esclarecer algún conflicto angustiante.

Habrás observado que en casi todas las historias de infidelidad matrimonial nos encontramos con que el tercero es «el mejor amigo» de la víctima.

Casi nunca es un conocido, un familiar, un compañero de trabajo, un allegado, un vecino. La mujer traiciona a su esposo con el mejor amigo de éste y el varón traiciona a su esposa con la mejor amiga de ésta.

Una explicación posible de esta casualidad (no tan casual) tiene que ver con las aspiraciones homosexuales que tenemos todos los humanos (más o menos ignoradas, reprimidas o negadas).

Para explicarme mejor imaginemos que José y María están casados entre sí. El «mejor amigo» de José es Pedro y la «mejor amiga» de María es Rosario.

Según la casualidad planteada, Pedro es amante de María mientras que José es amante de Rosario.

¿Dónde aparece acá la homosexualidad de los cuatro personajes?

Observemos esto:

1º) José y María se refieren a su cónyuge como «Mi mujer» y «Mi marido» respectivamente;

2º) El inconsciente de todos nosotros tiene residuos (recuerdos, rasgos) de aquella primera infancia en la que todo estaba fusionados (yo-mamá-papá-la cama-el osito).

3º) (Conclusión): Pedro es amante de la esposa de su «mejor amigo» (José) porque ella (María) es la parte femenina de José (quien dice: «mi mujer»). Se acuesta con ella porque reprime su homosexualidad. De esa forma interactúa homosexualmente con quien más desea (el «mejor amigo»), protegiendo su condición (fama) de heterosexual.

(¡¡Ojalá me haya explicado!!)

(1) El universo de una sola pieza

El cuerpo imaginario

Artículo vinculado:

El amante que quiero para mi esposa

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domingo, 27 de marzo de 2011

La última duda

Cuando empecé a tener noción de cómo eran los adultos, también empecé a tener cada vez más admiración por mi hermana un año mayor que yo.

Nuestros padres se divorciaron pero continuaron una amistad muy civilizada, aparentemente sincera, pero algo me perdí porque Sofía no paraba de discutir con ellos, con acusaciones y recriminaciones.

Llegué a pensar que estaba un poco loca pero continuaba admirándola porque yo hacía una especie de valoración romántica de los psicóticos. Como si estos fueran personas libres, prejuiciosamente incomprendidos, creativos, originales, contraculturales.

Cuando fuimos adolescentes mi hermana quedó embarazada de uno de sus compañeros de teatro. Estaba radiante, pasó las primeras semanas cantando, el hombre la adoraba y la colmaba de atenciones, pero un día desapareció de los lugares que solía frecuentar.

Sofía cayó en un pozo depresivo que provocó un cambio de actitud en mis padres. Ellos no paraban de criticarla cuando lucía feliz pero se volvieron sobreprotectores cuando la vieron tan decaída.

No pasó mucho tiempo sin que apareciera otro varón que la amara y que representara muy bien el papel de «padre incondicional de hijo ajeno».

Así pasó el tiempo, nació Macarena, fea y llena de pelos, pero a quien los años le sentaron de maravilla.

Casualmente (porque no tiene por qué ser así), fueron muy amigas con su madre y desde pequeña iban juntas a los ensayos, siempre nocturnos y madrugadores.

Macarena creció en ese ambiente, lo ama con pasión aunque sólo tiene talento como espectadora.

Sofía tenía amigos, amantes, novios, la relación con nuestros padres nunca mejoró, yo seguía admirándola por su audacia, siguió fumando aún cuando al gran rebaño le fue inducida una feroz hipocondría.

Parecía feliz, pero le tocó en suerte un cáncer de pésimo pronóstico, para deleite confirmatorio del rebaño y desdicha de otros.

Durante los últimos días nos dedicamos a conocernos mejor, le conté de mi admiración y también de mi envidia por su maravillosa personalidad.

No se arrepentía de nada aunque le quedaba una duda.

Cuando supo que Macarena era la amante de su padre biológico, se abstuvo de actuar como en las telenovelas.

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sábado, 26 de marzo de 2011

Errores de la valoración subjetiva

Tenemos dificultad para valorar adecuadamente. Mecanismos compensatorios de la naturaleza convierten a las especies más vulnerables y pequeñas, en las más peligrosas e invencibles.

La madre es la hembra cuando gesta y da a luz a un nuevo ejemplar de su especie.

Lo expreso tan biológicamente para marcar la diferencia que se establece cuando recordamos a nuestra mamá y los sentimientos que nos inspira.

Aunque nuestra viabilidad (las condiciones básicas para conservar la vida), depende casi totalmente de aspectos biológicos (anatomía y fisiología), nuestra valoración subjetiva nos hace pensar (sobrestimar) que fue aquella mujer la que nos dio y conservó lo único que realmente nos importa: la vida y la calidad de vida.

Aunque somos mamíferos como los perros, los murciélagos y los delfines, somos superiores a cualquiera de ellos en un sólo detalle: ninguno es más vulnerable que nosotros.

La naturaleza —que es sabia aunque a veces lo disimula—, desarrolla en cada especie mecanismos parcialmente compensatorios de aquellas carencias que las ponga en riesgo de supervivencia.

Nuestra máxima debilidad está parcialmente compensada por un híper desarrollo cerebral.

Yo creo —y quizá usted también— que si nos abocamos a terminar con todas las demás especies, seríamos capaces de hacer un gran destrozo.

No me tengo mucha fe para exterminar todos los microorganismos que parecen ser los más invencibles dada su pequeñez y su capacidad de rápida mutación (adaptación) que los vuelve resistentes a los venenos más específicos que podamos inventar.

Resumo: la especie humana es la más débil pero es la más peligrosa porque está naturalmente compensada por el desarrollo cerebral. A su vez, siendo la más dañina, quizá no pueda exterminar a los organismos más pequeños.

Conclusión: cuando nuestra valoración subjetiva nos hace pensar que algo o alguien es débil, vulnerable y dominable, quizá lo estemos subestimando.

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viernes, 25 de marzo de 2011

El accidente de nacer

Nacer es un accidente traumático con final feliz. Los demás accidentes traumáticos también, pero menos veces.

Repentinamente un vehículo me embiste cuando camino por la vereda de una calle. Todo me da vuelta en medio de un aturdimiento nuevo para mí.

Siento gritos, ruidos, sacudones, manoseos. No me duele nada, me cuesta un poco respirar. Evoco viejos recuerdos tan poco frecuentes como el aturdimiento.

Una sirena se aproxima, más gritos, órdenes, voces que se acercan y se alejan. Alguien me pregunta si la oigo, creo que le contesto pero vuelve a preguntármelo. Siento que soy levantado y puesto en otro lugar. Luego vuelven a moverme, se cierran unas puertas y supongo que me subieron a un vehículo que arranca con mucho ruido al que se agrega otra vez la sirena. Otros van conmigo hablando de temas triviales.

Aunque estuve describiendo el punto de vista de un accidentado, lo hice pensando en cómo se sentirá un niño que nace.

Las contracciones de la madre son como un accidente en cámara lenta, interminable. Algo malo está por ocurrir. Estos movimientos del útero son nuevos para mí. Los apretones de todo el cuerpo me alarman. Se avecina una desgracia. Siento frío en la cabeza y nuevas sensaciones auditivas y luminosas.

Las personas hablan, alguien gime fatigada, parece que llora. Todo es demasiado extraño. A veces es agradable pero otras no. La luz es mucho más intensa. Parece que la gente está tranquilizándose. A mí me siguen tocando, moviendo, hasta que me apoyan sobre algo blando y tibio, hay relámpagos, palabras cariñosas, sentimentales, risas llorosas.

Por la nariz me entra un aire con perfume raro, mamá me agarra con tanta habilidad que por primera vez me alegro de que me muevan, pone algo suave en mi boca y bebo un líquido delicioso.

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jueves, 24 de marzo de 2011

«¡Hola, hola! ¿Se cortó?»

El castigo consistente en «dejar de hablarle» a alguien, describe claramente cuán importante y temible cree ser el castigador para el castigado.

«Se ofendió tanto, que dejó de hablarle».

Casi todos hemos sido actores o víctimas de una situación así.

A veces se trata de algo terriblemente mortificante y otras veces no es más que la ilusión de alguien que supone que su silencio es mortífero.

Cuenta la historia que al principio Dios bajaba de vez en cuando para dialogar con los humanos.

Los diálogos que llegaron hasta nuestros días (contenidos en La Biblia), son muy naturales aunque Dios nunca se muestra humilde ni democrático ni condescendiente.

Él se sabe poderoso y ni lo oculta, ni lo disimula.

Pero al menos Él se daba alguna vuelta por nuestro territorio, se hacía ver, pero más que nada se hacía oír.

Podemos pensar que la vida para aquellos humanos era tan bella y compleja como la actual. Para nada entendieron que dialogar con Dios era algo importante. Era simplemente lo habitual.

En algún momento Él dejó de hablarnos.

Aquellas mentes acusaron el impacto y recién ahí se dieron cuenta que dialogar con Dios no era algo tan trivial.

Tuvo que aparecer la ausencia para que pudiéramos reconocer lo valiosas que eran aquellas charlas.

Este corte repentino del diálogo, nos llama tanto la atención porque nuestra psiquis se alarma, se angustia, se excita, queda perturbada. Surge algo dentro nuestro negativamente sorprendente.

Recordemos que nuestra mente ama (fundamentalmente) por temor. Nuestro primer objeto de amor es nuestra madre ... sin la cual moriríamos.

Desde que nacemos sabemos de nuestra vulnerabilidad y rápidamente procuramos convertirnos en algo deseado para nuestro protector (mamá, papá, jefe, sindicato, Dios).

En suma: quien deja de hablarnos como castigo, cree (o sabe) que tememos su abandono.

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miércoles, 23 de marzo de 2011

El cuerpo imaginario

Nuestro inconsciente sigue pensando que estamos compuestos por algo más que nuestro cuerpo anatómico (cabeza, tronco, extremidades). Cuando anteponemos el pronombre «mi» (casa, cónyuge, papá), hablamos de cosas in-cuerpo-radas.

Un psicótico (loco) es alguien ineficiente (débil, incapaz) para encarcelar adecuadamente su inconsciente.

Aunque sea lamentable, la vida del psicótico es imposible sin ayuda.

Es una lástima que así sea porque la salud mental concebida como el control casi total del inconsciente, tiene los enormes costos de privarnos de la creatividad, de alejarnos de nuestros instintos que tanto nos humanizarían, de gastar mucha energía en evitar que se escape, a pesar de lo cual, siempre ocurre alguna fuga (sueños, lapsus, actos impulsivos).

Esta cárcel de alta seguridad, que mantiene bajo custodia todo lo que fue condenado por nuestra cultura (deseos prohibidos, gustos aberrantes, instintos) o por nuestra propia conveniencia (recuerdos dolorosos, miedos, autocensura), esta cárcel conserva aquella primera percepción de la realidad, según la cual formábamos parte de un todo indivisible, integrado, fusionado (yo-mamá-papá-mi hermano-la casa-el oso de peluche-la luna) (1).

En esa locura propia del inconsciente, está la sensación de que nuestro cuerpo está compuesto por lo anatómico, más una cantidad de otras cosas externas que inconscientemente seguimos sintiendo como propias... tal como la sentíamos en aquella primera etapa de fusión.

Dicho de otra forma, la madurez intelectual nos permite discriminar, individualizar, reconocer que yo y mamá (y demás personas u objetos) estamos separados... pero hasta por ahí no más (no totalmente).

El deseo de apoderamiento, la furiosa defensa del derecho de la propiedad privada, los celos descontrolados por todo lo que creemos propio (cónyuge, hijos, amigos), esa desesperación que nos ataca cuando nos roban, cuando nuestro cónyuge se cree libre, cuando el gobierno nos cobra impuestos, ocurre porque en nuestro inconsciente nos sentimos amputados, desmembrados, mutilados, cercenados, lisiados.

(1) El universo de una sola pieza

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martes, 22 de marzo de 2011

Freud y Drácula

Drácula representa al lactante que se alimenta chupando la leche del seno materno. También representa al lactante cuando huye del crucifijo porque éste simboliza al padre que reclama recuperar a su esposa deseada.

Según creo, Freud inventó el psicoanálisis sin darse cuenta.

Alguna vez les comenté (1) que él fue un escritor genial, con capacidad suficiente como para escribir una historia original, muy extensa, con una redacción impecable y que cuando los amigos fueron utilizados para que dieran las primeras opiniones, quedaron maravillados.

La fuerte identificación de los primeros lectores con algunos personajes de la novela freudiana, le cambió el rumbo para transformar todo eso en un relato científico que explica de una manera novedosa, cómo y por qué pensamos, sentimos, envidiamos, odiamos, amamos y demás resortes psicológicos.

En otro lado les conté (2) que el funcionamiento ideal de una familia consistiría en que el padre

— haga el amor con la embarazada hasta que ella dé a luz; luego

— se aparte por un tiempo para que el pequeñito se termine de formar; y

— aproximadamente seis meses después, rescate a su esposa, dejando al pequeñito con las atenciones mínimas imprescindibles.

Dicho de otro modo, durante los primeros seis meses de vida fuera del útero, el pequeño devora el seno de la madre con su hambre caníbal —aunque natural y saludable—, hasta que el padre lo aparta para recuperar el deseado cuerpo de su esposa.

En las leyendas de vampiros, estos viven de chupar la sangre de sus víctimas como aquel pequeñito vivía de chupar la leche de su madre. En las leyendas, los vampiros retroceden ante el crucifijo (símbolo de Dios, nuestro padre celestial), igual que aquel niño tuvo que retroceder (apartarse de la madre) porque su padre lo obligó.

Cuando un niño no se aparta de su madre, triunfa Drácula.

(1) Todo tiempo pasado tenía futuro

(2) La familia psicoanalítica

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lunes, 21 de marzo de 2011

¡Se siente, se siente, Bobby presidente!

El poder al que logramos acceder es tan deseado como temible por la cuota de responsabilidad que involucra.

En otro artículo (1) les comentaba sobre cómo algunos cónyuges abusan del poder que creen recibir del colectivo (sociedad o iglesia) que los consagra en matrimonio.

El poder actúa como el alcohol cuando provoca sensaciones de omnipotencia, alegría, infalibilidad (reacción maníaca).

La ebriedad alcohólica también puede provocar lo contrario, esto es, tristeza, baja autoestima, culpa.

El poder también puede provocar una reacción similar en tanto induce a la irresponsabilidad, el aniñamiento, repliegue.

Aunque parezca mentira, existen grupos familiares en los que el veterinario tiene que intervenir para que la mascota canina se ubique en el último rango jerárquico porque algunos integrantes preferirían abstenerse radicalmente de cualquier cuota de poder (léase: responsabilidad).

Hace unos años les comentaba en un artículo (2) lo que ocurre en algunos hogares con niños o jovencitos que tienen un gran dominio de la computadora, a diferencia de los adultos que no logran entenderla, le temen o no paran de cometer errores que la estropean.

Algo similar les comentaba más recientemente (3) sobre la importancia que muchas personas les confieren a los títulos universitarios.

En grandes sectores de la sociedad, inclusive entre personas responsables de tomar decisiones que involucran la suerte de muchas otras, existe la creencia en que los universitarios saben y están capacitados para ejercer el poder.

Este prejuicio tiene como principal estímulo el deseo de tantas personas de no asumir responsabilidad, la preferencia por delegar la toma de decisiones a otros, en términos más coloquiales: el deseo de lavarse las manos.

Ya existe el vocablo tecnocracia para designar este modelo en el cual una mayoría de ciudadanos irresponsables huyen de toda cuota de poder, al punto de entregársela a quien sea: profesional, niño o perro.

(1) La soledad del poder

(2) ¡El señor sabe cómo vestirse!

(3) Los universitarios son ignorantes maduros

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domingo, 20 de marzo de 2011

La venganza refresca mejor

Cuando yo tenía doce años, mis padres se mudaron a un apartamento nuevo en un barrio donde habían otros jovencitos de mi edad.

La mayor diversión la encontrábamos en un terreno donde practicábamos fútbol mientras hubiera luz para ver la pelota.

Los días lluviosos y fríos nos reuníamos en un garaje a jugar naipes o a mirar revistas pornográficas que nos prestaba morbosamente un solterón probablemente gay.

Esa vivienda fue la mejor en cuanto a estímulos fuertes, aunque me ocurrió algo cuyo recuerdo no sé aún cómo calificar.

Habían llegados al barrio dos hermanos mayores que nosotros, que hablaban con un acento de alguna ciudad fronteriza.

Cierta tarde de domingo me acerqué a ellos buscando ideas para divertirnos.

Inesperadamente, uno me tomó por la espalda mientras el otro se dedicó a pegarme en las piernas con una vara.

No demoré en gritar, pedir auxilio, llorando de furia y dolor.

Una vecina se asomó a la puerta, les gritó y los sádicos huyeron.

Volví a mi casa en un estado de ánimo terrible, con fantasías vengativas de altísimo voltaje.

Mis padres se alarmaron y luego de escucharme, mi padre salió furioso en busca de los forajidos.

Mi madre trataba de serenar mi agitación acariciándome el cabello y moderando diplomáticamente las frenéticas manifestaciones de odio que yo profería con la ilusión de que se estuvieran cumpliendo mientras las decía.

Ya casi anochecía y por fin volvió mi padre, despeinado, con la ropa desarreglada, fatigado.

Contó que finalmente los había encontrado, que por suerte el padre de los malvados entendió lo ocurrido, que los golpeó con una vara, provocándoles llanto y desgarradores gritos de arrepentimiento.

Mi felicidad fue enorme, sentí que había sido vengado, pensé cosas maravillosas de mis padres aunque no hace mucho mi analista festejó, como al pasar, la creatividad de mi padre para inventar tan delicioso desenlace.

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sábado, 19 de marzo de 2011

La soledad del poder

El contrato matrimonial suele fracasar cuando alguno de los contrayentes (o ambos) incurren en un abuso de poder sobre el otro.

¿Usted sabe porqué tantas personas somos incapaces de ser presidentes de nuestra nación, o intendentes de nuestra ciudad, o alcaldes de nuestro barrio, o presidentes de la comisión administradora de nuestro edificio, o estar casados?

La respuesta es: no todo el mundo sabe administrar el poder.

Como habrá observado incluí la relación matrimonial en la lista de dificultades con el poder.

Muchos divorcios ocurren precisamente porque alguno de los cónyuges (o ambos) subestimaron sus dificultades para administrar el poder, y más precisamente subestimaron su tendencia a cometer abusos de poder.

La depresión es una enfermedad psíquica muy penosa para quienes la padecen y sus allegados.

Los tratamientos psiquiátricos apuntan fundamentalmente a la autocuración en tanto procuran atemperar los padecimientos durante todo el tiempo que haga falta para que la naturaleza restablezca el desequilibrio orgánico que la produce.

Los tratamientos psicológicos apuntan fundamentalmente a desmontar un círculo vicioso por el cual los pensamientos de baja autoestima actúan como agravantes.

La dificultosa administración del poder afecta especialmente a la gran población de quienes tienen una baja autoestima (sean o no depresivos diagnosticados).

La sociedad y las religiones intentan darle a quienes suscriben este contrato social o religioso, la sensación de que contarán con la aprobación o bendición de la sociedad o la colectividad de fieles.

Este acto de aprobación más la expresión lingüística por la cual cada uno queda legitimado para referirse al otro como «mi esposo» o «mi esposa», cuando se asocia a una baja autoestima, derivan frecuentemente en abusos, autoritarismo, exigencias, desconocimiento de los derechos del otro, intentos de sojuzgamiento sutil o explícito, que en algún momento provocan un estallido de indignación con ruptura del contrato.

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viernes, 18 de marzo de 2011

¡Buen provecho!

Más allá de las recomendaciones de los dietistas, nuestra idiosincrasia (rasgos psicológicos, temperamento, carácter) personal, prefiere la comida abundante y barata o la comida escasa y costosa.

Cuando alguno de nosotros hace referencia al «buen gusto», en el fondo está señalando qué es lo que prefiere, elije, está a su medida.

Ocurre que la mayoría nos consideramos normales (por lo cual «es normal sentirse normal») y de ahí concluimos que «el ser humano es como yo».

Los restoranes atienden a ciertos sectores de la población. Están diseñados en todos sus aspectos para atraer a comensales que tengan ciertas preferencias.

Por esta característica, esos restoranes rechazan a todos los demás comensales.

Aunque todos los humanos comemos, el acto de alimentarnos está influido por aspectos culturales muy importantes para nosotros: usamos cubiertos, bebemos utilizando vasos, nos sentamos en torno a una mesa.

Además, si entendemos que:

— la idiosincrasia es el conjunto de rasgos, temperamento, carácter, distintivos y propios de un individuo o de una colectividad; y que

— poseemos la coherencia biológica propia de todo ser vivo,

entonces los hábitos alimenticios son coherentes con nuestra personalidad.

Me explico mejor yendo directamente al punto central de este artículo.

En algunos restoranes la comida es muy abundante y los precios son llamativamente módicos. La decoración es un rasgo secundario y los aspectos higiénicos (salón, baño y cocina), pueden llegar a ser aceptables.

En otros, la comida es muy escasa y los precios son llamativamente elevados. La decoración es un rasgo fundamental y los aspectos higiénicos son obligatoriamente intachables.

Si analizamos estas características teniendo en cuenta la referida coherencia con nuestra personalidad (funcionamiento psíquico), podemos decir que la comida abundante y barata es apetecida por adultos nostálgicos de su propia lactancia mientras que la comida escasa y costosa es apetecida por quienes no añoran su lactancia.

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jueves, 17 de marzo de 2011

Amaos los unos a los unos ... como corresponde

La ignorancia es necesaria para soñar con que es posible que nos amen más que a nada y a nadie.

La ignorancia soluciona muchos problemas.

En la cultura actual y occidental, predomina el criterio según el cual es conveniente desconocer información preocupante, desagradable, triste.

«Ojos que no ven, corazón que no siente» dice el refrán, sobreentendiendo que lo preferible es que el corazón no sienta.

Si, por el contrario, tuviéramos como premisa que la insensibilidad afectiva (un corazón que no siente) es algo perjudicial, inconveniente y digna del mayor esfuerzo para evitarla, entonces la referida receta estaría recomendando exactamente lo contrario.

Para ser más explícito: quienes están convencidos de que la insensibilidad afectiva es un inconveniente, entonces la recomendación proverbial nos estaría impulsando a saber, conocer, averiguar, informarnos, filosofar, investigar, consultar.

Cuando hablamos de sensibilidad estamos refiriéndonos a varias cosas:

1) Es la facultad de sentir de los seres animados;

2) Es la propensión natural del ser humano a dejarse llevar por los afectos de compasión, humanidad y ternura.

3) También es la capacidad de respuesta a muy pequeñas excitaciones, estímulos o causas.

El instinto de conservación nos induce a querernos en primer lugar. Estamos instintivamente obligados a priorizar nuestros intereses en desmedro de los intereses ajenos.

Es tan fuerte esta pretensión de priorizar nuestros intereses que podemos llegar a manejar (manipular, administrar, manejar) nuestra vida social tratando de que los demás nos quieran tanto como nosotros lo hacemos.

Lo digo de otra forma: La consigna dice algo así como «trata de que los demás te amen a ti, sólo a ti, más de lo que ellos se aman a sí mismos».

Para poder sostener esta propuesta tan descabellada, injusta, desmesurada, tenemos que ignorar nuestras propias pretensiones, actitudes e intenciones, porque «Ojos que no ven, corazón que no siente».

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miércoles, 16 de marzo de 2011

Los adolescentes al poder

Los cataclismos devastadores revitalizan a los pueblos que aman la vida y exterminan a los que carecen de esta fortaleza. Se parecen a la adolescencia, que tanto prepara adultos creativos como conservadores.

Para muchas personas es grato pensar, hablar y hasta participar activamente en algún tipo de revolución.

Nuestra evolución personal incluye esa idea necesariamente.

Cuando somos pequeños, necesitamos idolatrar a nuestros padres porque no imaginamos otra vida que no sea bajo su protección, abastecimiento y liderazgo.

Al despertar sexual que se produce en la adolescencia (aproximadamente a los 12 años de edad), ellos sienten una energía desbordante y comienzan a fastidiarse de la supervisión de los adultos, sienten que el rol de niños les queda muy chico y desean romperlo como hacen los polluelos con la cáscara del huevo que los contuvo en la etapa embrionaria.

Obsérvese que esa ambición revolucionaria, rupturista, rebelde, es tanto física como mental, aunque si pudiéramos concebir que no existe tal división entre cuerpo y psiquis, entonces alcanzaría con que sólo dijéramos que a partir del desarrollo sexual, los jóvenes comienzan una etapa de propuestas y acciones tendientes a terminar su etapa infantil.

También cabe recordar que ellos no son artífices de esa nueva actitud, sino que simplemente es la naturaleza de sus cuerpos la que produjo un cambio hormonal previsible en nuestra especie.

Cuando en un hogar aparece este personaje revolucionario, las cosas empiezan a cambiar.

Aquel niño ingenuo, desconocedor y bastante obediente, se transforma en un ser prepotente, discutidor y con una sabiduría autoproclamada que suele irritar a los adultos que monopolizaban estos rasgos de poder.

Aunque el fenómeno surge con un cierto gradualismo, su perfil demoledor puede evocar un tsunami en pequeña escala.

Los tsunamis, revoluciones y adolescencias son molestos, duelen, mortifican, pero son imprescindibles, inevitables y —a la postre— beneficiosos.

Artículos vinculados:

Dos formas de encarar un siniestro

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martes, 15 de marzo de 2011

Por qué «correcto» equivale a «débil»

Los ciudadanos hemos acordado respetar las normas, pero el propio lenguaje sugiere lo contrario.

Gracias al enriquecimiento que se genera con la participación de los lectores, obtuve un dato curioso del que pueden ser extraídas algunas conjeturas.

En un artículo de reciente publicación (1) les comentaba que las normas de convivencia que nos rigen están para ser respetadas ... por todos aquellos que no puedan transgredirlas.

Y agregaba capciosamente (con cierta malignidad de mi parte) que esa minoría de irrespetuosos suelen ser personas provistas de un gran poder (personal, político, económico).

Es posible suponer que nuestro lenguaje hace que la comunicación sea imperfecta porque lo que trasmite no siempre es exacto, sino que son admisibles varias interpretaciones.

El vocablo «hético» designa a quien padece tuberculosis pero, por extensión, también significa «Muy flaco, casi en los huesos, muy débil».

El vocablo «ético» (más conocido) refiere a las ideas que giran en torno a los conceptos de «rectitud y apego a la moral».

Es una deducción poco arriesgada de mi parte, aproximar estos vocablos para terminar suponiendo que de la identidad fonética y la oposición conceptual es posible construir una oración que diga: «Una persona ética es una persona hética».

Si llevamos esta oración a términos más coloquiales, podemos traducirla como «Quienes cumplen con las normas, son débiles», de la cual se desprende su contraria: «Los transgresores, son fuertes».

También podríamos deducir que una persona sufre anorexia como una reacción opositora (rebeldía) a normas que la asfixian. En sí, este padecimiento es muy semejante a una huelga de hambre, en tanto medida generadora de poder para presionar contra el orden instituido (normas, gobierno, empresarios).

En suma: el lenguaje nos está informando algo que la cultura se empeña en desmentir, esto es, que la ley está hecha para los débiles (generalmente, pobres).

Nota: La imagen corresponde al actual (marzo 2011) Primer Ministro italiano, Silvio Berlusconi, acusado judicialmente de varios actos de corrupción.

(1) Los deseos sexuales están casi-prohibidos

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lunes, 14 de marzo de 2011

La bisexualidad anal

Los glúteos forman parte de la moda aplicada al cuerpo femenino porque son deseados por la homosexualidad inconsciente de los varones heterosexuales.

En otro artículo (1) propuse una explicación de porqué el cuerpo femenino es bello cuando tiene el vientre plano y los senos grandes.

Según mi punto de vista (y quizá de alguien más de quien no tengo noticias), los varones somos atraídos por los órganos huecos de la mujer (vagina y útero) porque nuestra vocación instintiva es rellenarlos con nuestro pene y semen.

Un cuento humorístico narra que un parroquiano concurría diariamente a un bar y siempre pedía un café «muy, pero muy amargo». Cuando al tiempo de esta historia repetida alguien le preguntó por qué lo pedía tan amargo, el señor respondió que disfrutaba echándole mucha azúcar.

Las metáforas que circulan en nuestro inconsciente explican la gracia que puede causar tan sorprendente respuesta: en el inconsciente de quien se ríe de esta respuesta, seguramente se asocia su propia idea de que «un vientre bien plano es ideal para convertirlo en muy expandido (embarazo)».

Pero además de estos comentarios vinculados al artículo mencionado al principio, quiero compartir una idea más sobre «la moda en el cuerpo femenino».

¿Qué explicación podemos darle a los glúteos firmes y moderadamente grandes?

Propongo dos ideas que no se excluyen:

1) El coito anal puede ser tan placentero como el vaginal, pero con la tranquilidad de que las consecuencias reproductivas están inhibidas. Es un placer para ambos que no termina en un embarazo.

2) Ambos sexos tenemos deseos homosexuales más o menos reprimidos y el coito anal le permite al varón fantasear con que está penetrando a un hombre en tanto el ano es idéntico en ambos sexos así como también de espaldas, hombres y mujeres nos diferenciamos muy poco.

(1) El atractivo de un espacio vacío

Artículos vinculados:

Ya somos muchos

¿Por qué no complicarla un poco?

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domingo, 13 de marzo de 2011

La soledad acompañada

— ¡En esta familia no hay amor! No queremos ni mirarnos porque parecería ser que el que mira a otro le está dando a entender que se merece ser mirado y eso en esta familia no corresponde y nadie quiere dar el brazo a torcer. Saludar parece que es de cobardes. ¿Para qué un «buen día», un «hasta mañana»? Somos tan arrogantes que nadie se quiere ni a sí mismo. Lo único que nos intercambiamos con abundancia es desprecio. El favor que nos hacemos es vivir bajo un mismo techo y a veces, sólo a veces, compartir también la mesa porque se ve que justo coincidieron las ganas de comer de cada uno, pero jamás las ganas de juntarnos. Todos nosotros tenemos mal olor, no queremos ni acercarnos. ¿Saben cuánto hace que no nos tocamos ni para pedirle al otro que nos deje pasar? Tengo la seguridad de que hace tanto tiempo que no nos miramos a los ojos, que alguno se habrá cruzado con el otro en la calle y no lo reconoció. ¿Qué nos ha pasado en esta familia? No tiene sentido seguir creyendo que un drogadicto sea el responsable. Él hace meses que está internado y acá nada ha cambiado. Tampoco tiene sentido echarle la culpa a la llegada de un hijo natural no deseado. Ella ya se fue a vivir con la tía y acá nada ha cambiado. Estamos enfermos de orgullo. Nuestros fracasos personales nos han hecho coincidir en una sola cosa: todos nos creímos que la única forma de disimular lo poco que valemos es haciendo todo lo contrario, y ya vemos: ¡Esa no es la solución! Agrava más el problema. ¿Cuándo podemos empezar a mirarnos, a saludarnos, a dialogar? No pido caricias, ni besos, ni abrazos. ¡Sólo mirarnos!

— Bueno, mamá, tenés razón, pero ya tomaste mucho.

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sábado, 12 de marzo de 2011

Si ustedes supieran lo que yo sé ...

Los políticos que desean ser electos, tienen que mentir para no frustrar a sus potenciales electores. No son mentirosos sino serviciales.

Cuando los políticos quieren conquistar el voto de los ciudadanos para acceder a los puestos de poder que desean, basan todas sus propuestas en denuncias seguidas de promesas.

Efectivamente, lo primero que hacen los postulantes es señalar con fuerza todos los errores y omisiones que está cometiendo el gobierno de turno (el actual).

Quienes escuchan su mensaje seguramente son personas que están disconformes.

¿Por qué esto es así? Porque la conformidad (satisfacción plena, felicidad) no existe en la realidad. Lo que sí existe —y en abundancia— es la creencia en que es posible ser feliz.

Como he mencionado reiteradas veces, para que el fenómeno vida no se detenga, tenemos que estar permanentemente acosados por molestias que nos obliguen a realizar cambios.

Estas molestias están provocadas por necesidades (comer, dormir, evacuar el intestino) y por deseos (detener la caída del cabello, conocer otros países, ser violada por un pestilente pescador de ballenas coreano).

Con las necesidades casi no tenemos dificultades, pero con los deseos todo es más complejo porque son mucho menos específicos, claros, entendibles.

Por lo tanto la receta del político consiste en convencer a sus potenciales votantes de que el motivo de su insatisfacción es el conjunto de denuncias que él hace, con mucha claridad, sobre temas indiscutibles (trabajo, riqueza, soberanía nacional, economía, dignidad, patriotismo, corrupción, seguridad pública, inflación), incorporando datos que nadie podrá confirmar.

El votante insatisfecho (porque todos los estamos inevitablemente) e inseguro sobre qué es exactamente lo que le provoca ese molesto estado, si cree en la explicación que le da el político, lo votará en la errónea creencia de que saldrá de la insatisfacción, cosa que sólo se logra con la muerte.

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viernes, 11 de marzo de 2011

No querría contrariarte

Nuestro mensaje está diseñado —en grandes líneas, tendencias, tono— por quien habrá de recibirlo. Podría decirse que «los libros son escritos por los lectores».

Cuando emitimos un mensaje (oral o escrito), estamos tratando de provocar una cierta reacción en nuestro interlocutor (oyente o lector).

Queremos de él cosas positivas (que nos ame, nos respete, nos ayude) o cosas negativas (irritarlo, vengarnos, destruirlo).

Quienes hablan ante los receptores del mensaje (oradores), pueden ir chequeando si su objetivo se va cumpliendo, observando sus reacciones de aprobación o rechazo.

Cuando enviamos un e-mail, necesitamos suponer cómo será leído el texto, trataremos de no repetir malos entendidos del pasado, evitaremos los comentarios peor recibidos por el destinatario, realzando los temas que más le gustan.

Quienes escribimos para lectores desconocidos, tenemos que imaginarlos.

Sabemos que agradaremos a algunos y que otros, irremediablemente, no podrán leernos, nos rechazarán.

Imaginamos la franja etaria (las edades máximas y mínimas), el nivel cultural, el léxico que conocen, el estilo que prefieren (resumido, expandido, directo, sutil, indirecto, metafórico, literal, reiterativo, agresivo, tolerante), ideología, nivel socio-económico.

Una vez más, en este artículo pretendo comentar la otra cara de la (supuesta) realidad, que siempre existió pero de la que generalmente no se habla. Este es un rasgo de mi perfil como escritor.

Voy al punto:

Lo habitual es pensar que decimos lo que deseamos, que somos libres de exponer nuestras ideas y que nadie nos influye.

Esta es una sensación típica de quienes creen en el libre albedrío.

Por los ejemplos expuestos más arriba es posible afirmar que nuestro discursos (lo que decimos) está delicadamente (con disimulo y sutileza) diseñado (determinado) por el receptor.

Los receptores de un mensaje, sólo quieren ser ratificados y no soportan ser contrariados. Desean «más de lo mismo», desean perfeccionar lo que ya tienen (información, creencias, prejuicios).

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jueves, 10 de marzo de 2011

Mamá es insustituible

Las pretensiones de fidelidad conyugal surgen del anhelo de ser los hijos únicos de una mamá imaginaria. Un cónyuge engaña al otro en tanto no le asegure mil veces “yo no soy tu mamá”.

El deseo en el ser humano es causado por la pérdida irreversible que siente cuando tiene que separarse de su madre.

Lo digo de otra forma: cuando el pequeñito estaba con ella, no sabía lo que eran las necesidades porque ella todo se lo solucionaba: alimento, abrigo, caricias, higiene.

A medida que crece, se le exige que controle los esfínteres, que se lleve los alimentos a la boca, que se duerma solo y otras infinitas tareas, dolorosas, angustiantes, que él sólo puede interpretar como una pérdida, un angustiante empobrecimiento, un lacerante abandono afectivo.

En suma: El niño puede constatar que antes era rico y que ahora es pobre. El deseo surge de esa nostalgia de tiempos mejores y la búsqueda de satisfacerlo genera la energía necesaria para intentar recuperar la riqueza original.

La historia se repite y eso entra en combinación con nuestro insaciable deseo de recuperar aquella riqueza perdida: la maravillosa convivencia con mamá.

Cuando los adultos nos enamoramos, incurrirnos en por lo menos un error grave.

Efectivamente, creemos ver en nuestro ser amado a aquella mamá. El hecho que esto ocurra inconscientemente significa que bajo ningún concepto nos damos cuenta que mujeres y hombres buscamos en nuestro futuro cónyuge a nuestra madre.

Estos adultos quieren unirse, compartir una vivienda y tener hijos, con la ilusión de que podrán satisfacer eso que tanto buscaron: recuperar la magnífica vida que tenían con mamá.

Como siempre quisieron ser hijos únicos, exigirán que esta unión sea monógama (mamá y yo, ¡y nadie más!).

Las disoluciones conyugales ocurren porque las expectativas puestas en el matrimonio era exageradas.

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miércoles, 9 de marzo de 2011

Los monos degenerados

Es probable que estemos creyendo en teorías que pregonan sólo buenas noticias sobre las virtudes y defectos de la especie humana. Sin caer en un pesimismo absurdo, ¿no estaremos dejando de lado datos conocidos pero que molestan demasiado?

Sigo afirmando (1) —hasta que aparezca alguien que oficie de mesías y me ilumine con otras ideas—, que hombres y mujeres podríamos pertenecer a especies diferentes.

El rasgo que más nos emparenta es que nuestra unión sexual es exclusiva a los efectos reproductivos. Nadie más que un varón puede fecundar a una mujer (aislamiento reproductivo).

Por lo tanto, pertenecer a la misma especie surge de un criterio reproductivo, que es importantísimo —no podría negarlo—, pero es probable que le demos más importancia que la que tiene.

Las demás especies mamíferas se reproducen siguiendo los ciclos de fertilidad de las hembras (celo), pero los humanos carecemos de ese factor determinante, razón por la cual estamos permanentemente interesados en los asuntos sexuales porque nuestra única misión es conservar la especie (aunque los omnipotentes hiperactivos se crean responsables de salvar a la humanidad no sabemos bien de qué).

Nuestra pobreza instintiva nos convierte en la especie menos evolucionada. Las que por evolución milenaria ya han logrado el máximo de eficacia con el mínimo esfuerzo, no tienen dudas, ni neurosis, ni mecanismos de defensa que los vuelvan caóticos, descontrolados, homicidas, depredadores del medio ambiente.

Hasta podríamos decir que, si fuera verdadera la teoría de Charles Darwin, no descendemos de los monos sino que somos una mutación genética degenerada de ellos. Por eso tenemos que aprender todo desde cero, demoramos cerca de tres décadas en adquirir la madurez para reproducirnos y para colmo, dependemos de los cuidados paternales de los Estados (seguridad, salud, subsidios por desempleo o deterioro).

(1) Una hipótesis de lo peor

Nadie es mejor que mi perro

Ya sé por qué no me entiendes

Ser varón es más barato

Los orgasmos inútiles

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martes, 8 de marzo de 2011

La indigestión amorosa

Sólo podemos amar si combinamos adecuadamente la presencia y la ausencia del ser amado.

Tenemos que recordar que sólo podemos percibir en base a contrastes:

— Blanco sobre negro;

— Bueno sobre malo;

— Presente sobre ausente, etc.

Otras veces he hecho comentarios sobre este mismo asunto, sin olvidarme de mencionar a la teoría de la Gestalt y las consecuencias psicológicas de nuestra forma de percibir.

He notado que en nuestra cabeza está la idea de que la polaridad (blanco/negro, por ejemplo), necesaria para que podamos registrar la realidad, suele estar íntimamente afectada por nuestros sentimientos, escala de valores, preferencias.

La polaridad principal a estos efectos parece ser bueno/malo.

Cuando decimos que algo es malo, seguramente estamos diciendo algo así como «me hace daño», «me molesta su compañía», «lo rechazo, me alejo, intento combatirlo».

Al establecer estas adjetivaciones para la categoría malo, automáticamente estamos estableciendo las adjetivaciones para la categoría opuesta, entonces cuando decimos que algo es bueno, estamos indicando que «me hace bien», «deseo su compañía», «lo busco, lo atraigo, lo cuido».

Si estas consideraciones entran en combinación con las referidas a las necesidades y a los deseos, tenemos que hacer algunos retoques en las conclusiones.

He comentado recientemente cuán necesarias son las necesidades y los deseos para que el fenómeno vida no se detenga nunca (para que no muramos).

Para ir directamente al punto, doy por cierto que una mayoría piensa y actúa tratando de estar lo más cerca posible del ser amado.

Tan es así que casi todas las culturas han establecido la institución matrimonial, la monogamia, la convivencia bajo un mismo techo.

Estas prácticas de presentismo intensivo dificultan el surgimiento del deseo recíproco, lo cual es mortífero en tanto el fenómeno vida depende del deseo y las necesidades.

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lunes, 7 de marzo de 2011

La mujer simboliza lo que no queremos aceptar

Los feministas en realidad luchan para que los humanos aceptemos la falta, carencia, ausencia, como un estímulo para seguir viviendo.

Por más que le doy vueltas en mi cabeza, termino concluyendo (hasta que alguien me demuestre lo contrario), que valorativamente hombres y mujeres no somos iguales ante la naturaleza.

La mujer aporta a la conservación de la especie un 70% y los varones un 30% (1).

Claro que todo esto debe considerarse dentro de una cierta ideología. En mi caso esa ideología dice que la única misión que tenemos los seres vivos (humanos incluidos) es la de conservar la propia especie: sólo esa misión.

Por eso, desde este punto de vista, la mujer cuenta con una anatomía que logra gestar a un nuevo ejemplar y —como si eso fuera poco—, es capaz de alimentarlo con su propio cuerpo.

Supongo que estaré próximo a cambiar de tema porque ya he escrito dos o tres artículos (2) seguidos sobre la importancia de la falta, la carencia, la ausencia para despertar nuestras necesidades y deseos que estimulen el fenómeno vida (sin el cual moriríamos, valga la obviedad).

Algo muy llamativo en este tema es el esfuerzo que hacemos para negar su existencia.

Está generalizada la opinión de que las necesidades y deseos (sensaciones de vacío, huecos vitales, constatación de cuán incompletos somos) son negativas, molestas, enemigas, olvidables, ocultables, combatibles, asesinas, eliminables.

Y es cierto: porque nos provocan esas reacciones de enérgico rechazo es que nos aportan el estímulo imprescindible para seguir viviendo.

Lo que hoy me pregunto para ir terminando, es si la inversión de valores que demostramos en nuestra especie, descalificando al sexo más valioso para la única misión que tenemos (conservar la especie), no obedecerá a que ellas tienen vagina y útero: símbolos perfectos de hueco, vacío, faltante.

(1) El rapto saludable

La complejidad simplificada

(2) Huelga de vagos por tiempo indeterminado

El paradójico negocio de ayudar

La vida es placentera gracias a la placenta

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domingo, 6 de marzo de 2011

En medio de tanta gente

Leticia sólo se ríe y llora si está a solas con su única amiga.

Acostumbra usar un sombrero que se le voló a un turista argentino.

Odia a su hermano mayor porque es drogadicto, violento y ladrón; adora a su hermanito porque es indefenso y tuvo que criarlo como a un hijo cuando la madre comenzó a trabajar fuera de la casa.

Viven en una ciudad que fue francesa en medio de un país sobrecargado de gente exótica, que no para de hablar y de moverse.

Llegó carta del padrino indicando que podrá cumplir su promesa de pagarle los estudios en París. El dinero adjunto sólo alcanzó para un boleto en una compañía cuyas naves milagrosamente aún no naufragaron en el bulímico océano.

Leticia se abrazó largamente a su amiga, besó a su mamá y casi pierde una lágrima frente a su hermanito.

En mitad del recorrido, la lancha cargada con cientos de personas, se desvió para hacer reparaciones, atracando en una isla pequeña que hervía de chinos, africanos e hindúes.

Aunque miraba el horizonte, sintió que alguien la observaba, se le acercaba y que se apoyó intencionalmente en la misma baranda.

Minutos después, sintió una caricia sobre el dedo meñique que prontamente se extendió al resto de la mano izquierda.

No quiso ni pudo moverse.

Supo que era un hombre de otra raza y que su destino había cambiado cuando él apoyó la mano sobre el hombro derecho.

Enterada de que había comenzado a desposeer su cuerpo, caminó junto a él hasta una cabaña de madera artísticamente decorada.

Los sentidos exaltados por la penumbra sintieron con regocijo cómo le eran quitadas las pocas prendas que la cubrían.

La piel suavísima del varón la obligó a acariciarlo, enardeciéndolo. Recordó a su hermanito fugazmente para luego quedar envuelta en un vértigo que no podría compartir con su amiga por falta de palabras adecuadas.

En medio del océano, en medio de una isla, rodeada por miles de personas que parloteaban, ella vivió «la» experiencia como su mamá no supo anticiparle.

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sábado, 5 de marzo de 2011

Los pensamientos narcóticos

Algunos mecanismos de defensa funcionan como opiáceos, morfina, endorfina: son pensamientos o fantasías que compensan angustias, miedos, nostalgia.

La delicada amapola es una especie de adormidera (imagen), planta europea de la cual se extrae el opio, sustancia capaz de calmar dolores corporales muy intensos.

Además de esta flor, nuestro Sistema Nervioso Central también produce opio aunque lo llamamos endorfina.

De modo similar, esta sustancia generada por nuestro cuerpo, alivia, calma, modera los dolores.

Se puede pensar que nuestro organismo se vale del dolor para impulsarnos a tomar ciertas acciones (el ardor nos «quita» la mano del fuego, el hambre nos induce a comer, los dolores de vientre característicos nos inducen a evacuarlo).

De esta manera es posible afirmar que el dolor está al servicio de conservar el fenómeno vida durante el mayor tiempo posible (1).

Pero como nuestro organismo está perfeccionado por reacciones que automáticamente intentan regular los desequilibrios que pudieran comprometer la continuidad del fenómeno vida, también tenemos reacciones calmantes que interrumpen transitoriamente el dolor.

Observemos cómo las señales de alarma que hemos inventado, luego de activarse, entran en un período de inactividad hasta que se reanudan si el destinatario no hizo algo para cancelarlas.

A partir de la suposición de que somos únicamente materia (2) (por tanto, no existe mente y cuerpo sino sólo cuerpo con algunas manifestaciones que subjetivamente nos parecen inmateriales, espirituales, etéreas), podemos decir que los pensamientos también tienen algún recurso para auto aliviarse, una especie de endorfina para ideas penosas (preocupación, angustia, miedo).

En una observación superficial, vemos que algunas personas dedican todo su esfuerzo a enriquecer ... como forma de aliviar su miedo a la ruina económica, otros se obsesionan cuidando la salud como forma de aliviar su hipocondría, otros creen en Dios como forma de compensar la pérdida de la protección familiar.

(1) Vivir duele

(2) Los dioses y el sistema inmunológico

Mi corazón segrega mucho amor por tí

Qué es el inconsciente

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viernes, 4 de marzo de 2011

Divorcio por razones demográficas

Antes necesitábamos la tranquilidad que requiere cualquier especie en expansión, pero ahora que ya somos los suficientes, necesitamos estímulos para los humanos existentes.

Supongo (como hipótesis) que nuestra especie cuenta con la cantidad de ejemplares suficiente.

Recordemos que esta roca que gira en torno al sol tiene un tamaño limitado y que está compuesta por muchos elementos (tierra, agua, aire) y por muchos seres vivos (insectos, árboles, humanos).

Todo esto funciona armónicamente y la interacción es constante e inevitable porque estamos encapsulados, encerrados dentro de la atmósfera.

Podemos pensar que este frasco atmosférico autorregula sus contenidos siguiendo una lógica que genéricamente llamamos leyes naturales.

En este macro-contexto, los humanos nos miramos obsesivamente, entre otras causas, porque somos trágicamente vulnerables, imperfectos, dependientes.

El fenómeno vida (1), que distingue a los seres vivos (reinos vegetal y animal) de los inanimados, parece funcionar estimulado por la falta, la carencia, el vacío.

Efectivamente: la falta de alimento nos mueve a buscarlo, la falta de aire nos obliga a salir a la superficie, la falta de compañía nos obliga a buscar amistades, compañeros de trabajo, correligionarios, cónyuges.

Lo que no podemos hacer en esta actividad es cancelar la falta.

Efectivamente, nuestra educación nunca nos advirtió que la carencia es el elemento dinamizador.

Nuestra cultura nos induce a suponer que la vida depende de tener (alimento, aire, compañía), pero en realidad existe algo que está primero que eso y es la necesidad, el deseo, la carencia, el vacío.

En suma: dado que la población de nuestra especie parece ser la suficiente y que la necesidad de reproducirnos no es tan imperiosa como hace siglos, es probable que la búsqueda de compañía (matrimonio, pareja monogámica, fábrica de hijos) admita mayor libertad, ventilación, inestabilidad, carencia, falta, necesidad, deseo: es decir, estimulantes para la vida de quienes ya nacimos.

(1) Vivir duele

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jueves, 3 de marzo de 2011

¡No sea imbécil! ¡Compre esto ahora!

La simpática, creativa, colorida, musical y erótica publicidad, es en realidad sádica porque el estímulo para que compremos lo que ofrece, consiste en hacernos sentir mal, desinformados, infelices, tontos.

Imaginemos una situación terrorífica, escalofriante, pesadillezca.

Un señor llega al consultorio de una odontóloga y ella le pregunta:

— ¿Usted le tiene miedo a los dentistas?

El paciente, que había llegado hasta ese lugar luego de juntar coraje durante meses y que finalmente se decidió gracias a que la esposa le prometió permitirle eso que siempre le pide y que ella, aunque le encanta, no quiere permitírselo, alegando una inexplicable tradición familiar, algún inconveniente circunstancial, sin dejar de lado el clásico argumento higiénico, luego de todo eso, complementado por la ingesta de un sedante suave proporcionado por la hermana, siente que sus fuerzas flaquean, hace memoria dónde estaba la puerta, cambia el cruce de sus piernas y responde:

— No, bueno, un poco sí, no me agrada mucho, en fin, me da algo de miedo. ¡Me horroriza!

— Ja, ja, lo supuse —responde, como diciendo «estos hombres, son todos iguales...»

En suma: una situación que es clásicamente estresante (consultar al dentista), es encarada de la peor manera, justamente por quien debería estar capacitada para alentar a sus consultantes para que se sientan cómodos, puedan colaborar en el tratamiento y eventualmente regresen cuando vuelvan a necesitarlo.

También es penoso para todos, cortar el cordón umbilical.

Nos queda una sensación de angustia, de carencia, de vacío, que algunos tratan de rellenar mediante el famoso consumismo (1).

Pues bien: la publicidad —al igual que nuestra torpe odontóloga—, no para de abrir más y más la herida que nos queda después del referido corte, pero lo hace para vendernos más y más artículos que supuestamente rellenarán esa sensación de vacío, cosa que jamás habrá de ocurrir.

(1) El acoso del deseo

La insatisfacción vitalicia

Gane U$S 1.000 diarios desde su cama

Artículo vinculado:

¡Rápido! ¿Qué hora será dentro de un rato?

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